Vinos, o sea… super-rosa

vinos-rosadosHacemos un poco el cocinillas: empieza pasando un trapo para quitar la capa de polvo que se está formando en el cazo de fondo grueso, refugio nuclear. Descorcha una copa de vino rosado –Navarra, Ribera del Duero, eso lo dejamos a tu criterio- y sirve en una copa, unos tres dedos –este será tu acompañante durante la ejecución, no es para guisar, solo disfrute- el resto de la botella ponlo al fuego, con unas cuatro o cinco cucharadas soperas de azúcar, el jugo de medio limón y la ralladura de su piel.

 

Cuando comience a hervir y ya se haya evaporado el alcohol –a nosotros nos gusta un poquito antes, que guarde un poco aire canalla-, lo dejamos atemperar y cuando esté frio lo metemos en el congelador, moviéndolo de vez en cuando para que quede homogéneo. Una vez tenga textura de “cama de Walt Disney”, pícalo con la batidora –que sea potente, si no quemarás el motor- o pon tu faceta Sharon Stone a la intensidad Ted Bundy y granizaló. Decora con unos dados de melocotón de Calanda en almibar –mejor que al vino, que puede llegar a saturar- unas grosellas, verdea con una ramitas de menta o hierbabuena y firma con un par de canutillos de canela.

Pocas cosas son menos valoradas que una buena copa de vino rosado, fresco y suave, flirteando con una buena paella, con más etiqueta que unas buenas chanclas y un floreado bañador. Ahora que añoramos los días de arena, mar y medusas, queremos, como cuando vemos las lamentables fotografías de nuestras fechorías estivales, rememorar bajo la mantita y haciendo de hermanos siameses del radiador a pleno rendimiento, aquellas buenas épocas de “chicharra estival”.

Legiones, sobre todo en féminas, de adeptos a ese vino italiano con nombre que más parece de un modelo de Lamborghini hay en estas tierras de Dios, haciendo oídos y paladares sordos a las buenas elaboraciones de vinos rosado que se hacen en casa. Sin hablar de los muchos aficionados que, si por ellos fuera, dejarían el panorama de los vinos como las teles en la transición, en blanco y negro, pero nosotros, un poco a contracorriente, vamos a romper una lanza por los buenos vinos rosados.

Primero debemos explicar, aunque a nadie se le escapa, que hay uvas tintas y blancas, y como ya contábamos en una entrada anterior, todas las uvas –haciendo énfasis en lo de todas, con la honrosa excepción de la variedad garnacha tintorera-, una vez “desnudas” de su piel –hollejo- tienen la pulpa verdosa. Por tanto debemos deducir que  las tonalidades que adoptarán finalmente los vinos no se deben al “cuerpo” de la uva, sino que se deben a unos pigmentos que se hallan en su piel, los antocianos.

Eso nos indica que nuestros protagonistas, los rosados, se elaboran con uvas tintas, bien solas o mezcladas con uvas blancas. Los procesos iniciales son idénticos que para la elaboración de blancos. Los mostos yema, los obtenidos de una primera y suave prensada, se dejan macerar con sus hollejos durante unas horas –un día generalmente-  y controlando la temperatura para que no inicie su fermentación antes de tiempo. Como en los buenos matrimonios, parte de las materias colorantes del pellejo, pasan al mosto, dándoles sus características tonalidades. Después pasan unos procesos, que a los no interesados se les puede hacer “bola” por lo que las repasaremos de forma fugaz, ahí va: se realiza el sangrado, después una fermentación alcohólica –el azúcar se convierte en alcohol- y una maloláctica –el ácido málico en ácido láctico-. Para finalizar, unos trasiegos, clarificaciones, estabilización y embotellado-.

Aunque todos son rosados, no todos presentan la misma cromática, se pueden encontrar unos con marcada vocación de tintos, presentando colores cerezas guindas y cerezas, y otros de un rosado más propio de la Barbie. Por lo general, son vinos frescos, no para guarda y se deben tomar lo antes posible –en buenas condiciones pueden aguantar un par de años con solvencia, pero cuanto antes des cuenta de ellos, mejor-, aunque en los mercados se pueden encontrar algunas referencias con crianza en madera, que son un poco más longevos. A falta de pelo que encanecer, los vinos con el tiempo empiezan a anaranjarse, y toman lo que los enterados llaman tonalidades “piel de cebolla” u “ojo de perdiz” –suena bonito, ¿eh?-  hasta tonos cobrizos.

Príncipe de Viana Garnacha (DO Navarra)

Príncipe de Viana Garnacha (DO Navarra)

En España, se elaboran más que interesantes rosados, en casi todas las zonas, aunque hay que señalar por su mayor tradición denominaciones como Cigales, Navarra y en los grandes transatlánticos vinícolas nacionales, -Rioja, Ribera de Duero…-.

Queremos destacar y presentaros dos vinos que nos hacen mucha gracia y representan dos viticulturas al mismo tiempo muy diferentes y muy parecidas:

De Navarra, con más de tres décadas de singladura, las bodegas Príncipe de Viana son una de las firmas emblemáticas de la D.O. Navarra, que ha experimentado una profunda renovación, tanto en su imagen como en sus vinos, ahora más modernos, frescos y frutales, y que se adaptan como lycra a cuerpo de modelo a las nuevas tendencias y gustos del mercado. El Príncipe de Viana Garnacha. Un fino y elegante monovarietal de garnacha que sin dudarlo será del agrado de todos.

Raíz de Guzmán Garnacha (DO Ribera del Duero)

Raíz de Guzmán Garnacha (DO Ribera del Duero)

Desde la Ribera del Duero, casi haciendo pared con el moderno edificio sede del Consejo Regulador, la bodega Páramo de Guzmán presenta un riquísimo rosado, en esta ocasión elaborado de forma íntegra con variedad tempranillo, el Raíz de Guzmán Rosado. Fresco y sabroso, con mucha fruta pero de paso delicado y aromático.

Aunque debemos reconocer que estas dos propuestas que ponemos en pantalla, suben varios peldaños de los antes citados rosados de chancla y chiringuito, pero bueno…, como se suele decir un día es un día y siempre es hora para darse un homenaje, y… si la pantera, que era tela de lista, elegía el rosa, sería por algo.

 

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