Vinos de allá donde se cruzan los caminos…

navaherreros-vinos-de-madridDigamos que servidor, como buen “gato” –dícese de la persona nacida en Madrid, y cuyos antepasados conocidos, tanto por rama paterna como materna, también son nacidos en la capital- y que tiene bien arraigada la Cibeles, la Puerta de Alcalá, la Plaza Mayor o la Gran Vía en cada una de las cadenas del ADN –sin ponerse con mejorismos, independentismos, ni chorradas de esa índole-, tenía cierto resquemor porque en esta Comunidad, la lista de Grandes Vinos era tan pobre como la de decentes gastos que cubren las dietas que cobran los políticos –hilar en una frase pobre, decentes y políticos tiene mérito-.

Puestos a buscar, no han sido muchas las referencias vinícolas que históricamente se han codeado con la élite de la grandes etiquetas. Tenemos que guiñar los ojos y esforzarnos en recordar las proezas de Ricardo Benito, codeándose con los mejores riojas del año, las magnífica obras del siempre exquisito y sibarita marqués sevillano Carlos Falcó, una figura primordial para entender el éxito de los vinos españoles en las últimas décadas, o más recientemente la etiqueta de la mariposa, El Regajal y sus acertadas y honestísimas proposiciones desde la histórica localidad de Aranjuez.  Si bien nunca se ha alcanzado los niveles de los grandes transatlánticos de Rioja, Ribera, Toro, Priorat, sí se han logrado elogiables proyectos realizados con esfuerzo e interés.

Digamos que los vinos madrileños tienen una historia que viene de antiguo, se tiene constancia del cultivo de viñedos de mucho antes que Luis Aragonés vistiera de largo. Ya antes de la Edad Media se elaboraban vinos en las inmediaciones de la capital. Constan litigios entre nobles y el clero por la propiedad de unos viñedos, como la más antigua prueba de que ya entonces –allá por el S.XIII- empezábamos a darle a esto de hacer vinos. También cabe pensar que con anterioridad, estas tierras habían sido pobladas por importantes culturas, como romanos o cartagineses aún antes, y el vino era ya era componente habitual de sus mesas. También jugaba un papel importante como nudo de comunicaciones por lo que no sería de extrañar que esas vías tuvieran, en las “áreas de descanso” de aquellas épocas, fondas en las que echarse unos tragos –la todavía no invención del alcoholímetro y la imposibilidad de cuantificar la velocidad de cabalgaduras, cuadrigas o carromatos diversos, eliminaba cualquier tipo de temor a las sanciones de las autoridades-.

Había muchas zonas donde se hacían vinos y buenos y ahora se nos haría impensable que en tiempos fueran algunas de ellas importantes hitos vitivinícolas: Alcalá, Arganda, Buitrago, Cadalso de los Vidrios, Carabaña, Fuencarral, Getafe. Navalcarnero, Parla, Pinto, Torrelaguna o Valdemoro.

El vino madrileño estaba en tal consideración que el consistorio dictó leyes proteccionistas para el vino de la región, controlando el exceso de producción, la venta fraudulenta de vinos foráneos o cuidando la competencia de los viñedos cercanos. Una de las figuras claves del comercio en todo Madrid fueron los regatones, una especie de pequeños intermediarios que compraban directamente al elaborador y actuaban como únicos distribuidores autorizados y así actuaban entre los viticultores y botillerías, cantinas o fondas.

En 1914 aparecían los primeros casos de la plaga de la filoxera en San Martín de Valdeiglesias y el fin del flamante viñedo madrileño, del que posiblemente no se recuperó nunca totalmente. La mejora, lenta y costosa, tuvo como dificultad el incesante crecimiento demográfico e industrial que hizo imposible la recuperación de muchos terrenos, que se dedicarían a acoger a una población cada vez más numerosa y pasarían a formar parte de la lista de las ciudades dormitorio que circundan Madrid. Salvo casos muy puntuales, los vinos de Madrid no es que pasaban sin pena ni gloria, es que daban “gloriosa pena”, pero en el último tramo del siglo pasado, se empieza a ver una leve llama en la oscuridad, con el naciente proyecto de la Denominación Específica, afianzándose con la ratificación oficial de la D.O. Vinos de Madrid en los primeros compases de la década de los noventa.

En la actualidad, vertebrada en tres subzonas, Arganda, Navalcarnero y San Martín de Valdeiglesias, la D.O. Vinos de Madrid y los puntos rojos de las contraetiqueta empiezan a ser una realidad, ya no son sorpresa para los aficionados a los buenos vinos. Tempranillos, garnachas, además de las variedades foráneas como syrah o cabernet entre las tintas, o blancas como albillo, viura o airén, cosechan elogios en todos los rincones del mundo.

Una de nuestras favoritas, elegantes tanto en su presentación como en su contenido, son los vinos que salen de los botelleros de la bodega de San Martín, Bernaveleba, como este Navaherreros Tinto, con unas garnachas tintas de magnífica factura –no por el precio sino por la excelente ejecución-.  Además no podemos evitar el simpático recuerdo de “El libro de la Selva” y los maravillosos Mowgli y Baloo cuando vemos sus etiquetas, aunque sabemos que se trata de la Diosa de la Caza y un oso pardo, cosa mucho más seria, como serio es –en el buen sentido- nuestro monovarietal de garnacha.

Compártelo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>