El color en los vinos

Hoy queremos hablaros del color del vino. Decir que podemos catalogar los vinos en tintos, blancos y rosados, es de una obviedad extrema. Pero, aunque podemos hacer una clasificación tan general, dentro de cada uno de estos grupos, se presentan diferentes tonalidades que nos aportan información sobre el vino.

¿Quién no ha oído color cereza y color picota al hablar de vinos? Pues aquí la clara diferencia

¿Quién no ha oído color cereza y color picota al hablar de vinos? Pues aquí la clara diferencia

¿Por qué se producen los distintos colores?

Lo primero que debemos aclarar es que, aunque afirmar que el vino es un ser vivo es algo exagerado, tampoco estaríamos faltando mucho a la verdad. En cada botella -y ya desde muchísimo antes- se desarrollan millones de microorganismos y existe una importante actividad biológica. Por ejemplo, la fermentación en el que las levaduras van transformando el azúcar natural existente en las uvas y convirtiéndolos en alcohol.

Tras ser embotellado, el vino continúa evolucionando y siguiendo un proceso natural, que dependiendo de su guarda más o menos plácida y cuidada, tendrá una “vida” más corta o larga. Hasta convertirse finalmente en agua turbia, con un lecho de sedimentos formado de los restos sólidos del vino –en su mayoría levaduras caídas en combate-, tanto en los vinos blancos como en los rosados y tintos.


Debemos tener en cuenta que, exceptuando contadísimas excepciones como garnacha tintorera, si abrimos una uva por la mitad observaremos que su pulpa es en todos los casos “blanca” –en realidad verdosas de más o menos intensidad-, tanto en las variedades de tintas como en las variedades blancas. Entonces, ¿de dónde sale el color de los vinos tintos y rosados? Ni más ni menos que de los hollejos –la piel de la uva- que en contacto con el mosto, le van cediendo sustancias que lo colorearán, estas sustancias son los llamados antocianos.

El color casi nunca se debe a la pulpa, ¿a que parecía que por dentro sería más oscura?

El color casi nunca se debe a la pulpa, ¿a que parecía que por dentro sería más oscura?

En el caso de los vinos blancos, no son pocas las bodegas que dejan juntos mostos y hollejos o lías –restos sólidos que quedan durante la fermentación, en su mayor parte restos de levaduras- durante la maceración y/o la fermentación, pero no para obtener coloración, sino para que puedan ceder otros elementos que enriquezcan el vino, dándole más cuerpo y esponjosidad.

Los colores en vinos blancos

Los vinos blancos –en su mayoría jóvenes-, suelen presentar coloraciones amarillas con mayor o menor intensidad y, en muchos casos, con atractivos reflejos verdosos.

Estos vinos suelen ser vinos de corta guarda, es decir que se recomienda el consumo en el año, aunque también es cierto que algunas referencias, sobre todo de las Denominaciones de Origen gallegas, pueden alcanzar su punto óptimo hasta un año estando conservadas en óptimas condiciones.

Estos vinos jóvenes, tornarán con el paso del tiempo a ir perdiendo su coloración y volviéndose más incoloros, igual que irán disipándose sus cualidades sápidas.

Los vinos blancos que han pasado un cierta crianza en madera –también sobre lías-, suelen presentar unos tonos más intensos y brillantes, y lucen colores pajas y dorados. Según van envejeciendo en botella, se tornarán más cobrizos, y en la parte final de su “vida” caerá bruscamente la intensidad de su coloración, para finalizar en una poco atractiva “turbiedad incolora”.

Los colores en vinos rosados

Los vinos rosados toman su coloración en las primeras fases de su elaboración, cuando los primeros mostos fluyen a través de las sustancias sólidas y llevándose consigo parte de los antocianos residentes en los hollejos de las uvas.

También en una segunda opción, se dejan en contacto hollejos y mosto tras una primera prensa y evitando el inicio de la fermentación, esta forma es la habitual a la hora de la elaboración de los tradicionales claretes.

Igualmente son vinos del año y presentan unas tonalidades rosa fresa, cuyo menisco –el “aro” que forma el vino en contacto de las paredes de la copa- nos puede hasta parecer de tonalidades azuladas. También se pueden presentar en tonalidades más asalmonadas o anaranjadas.

Los colores en vinos tintos

En los vinos tintos es donde podremos encontrar mayores indicativos sobre la edad del vino, tanto de la evolución de una botella, como de las diferencias entre jóvenes y maceraciones carbónicas –vinos del año o de poca crianza-, vinos de mayor o menor crianza, y los venerables grandes reservas.

Diferencia de color entre vinos con menor o mayor envejecimiento

Diferencia de color entre vinos con menor o mayor envejecimiento

Los vinos jóvenes y de corta crianza suelen presentar mucha profundidad en sus colores, capas intensas y muy opacas, de fuertes tonalidades picotas y cerezas –lo que tradicionalmente se solía decir vinos con cuerpo- y presentar un ribete o menisco de color violáceo o azulado. También dejan las llamadas lágrimas o piernas en el cristal de la copa, muy vinculadas a la presencia de alcohol en el vino.

Partes

El menisco y la capa nos pueden hablar de la crianza de un vino

Los vinos según van envejeciendo o ya tienen su crianza, como en los humanos, el ímpetu se va disipando, torna a tonalidades –en la capa- a notas más cerezas, rubí y anaranjadas en los muy viejos. Para terminar cuando ya el vino se puede casi asegurar que está caído a notas cobrizas y amarillentas hasta “blanquearse”.

Capa

Cuanta más capa, menos se lee a través del vino. En este caso, es una capa ligera-media

Los ribetes igualmente tornan según la edad de los tonos violáceos y amoratados de los vinos “mozos”, a aros más rubí, a notas más ámbar y anaranjados cuando ya han cumplido cierta edad.

Como conclusión, queremos deciros que las tonalidades pueden sernos de indicativo de la edad, pero tampoco es un método infalible, y nos puede inducir a error, tanto para bien como para mal. Igualmente tampoco son indicativos de una mayor o menor calidad del vino. Pero sin duda ayudan a hacernos una idea de lo que tenemos delante.

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