Chosco de Tineo. Papel de protagonista

Chosco de Tineo

Chosco de Tineo

La verdad que no hay mejores lentejas que las que nos hace nuestra madre, sanitarios como los de casa o “productotípicoderelamerse” como los de nuestro pueblo. Ahora haciéndonos una rápida cuenta mental de la cantidad de pueblos que salpican España, nos saldrán un número importante de delicias que tan solo llegan al conocimiento de lugareños, nativos o exploradores en el más general sentido de la palabra. Gracias a Dios, aunque más bien tendríamos que agradecérselo a Steve Jobs, a Bill Gates, al eternamente imberbe Mark Zuckelberg o a Rob Kahn, Vint Cerf y la legión de desconocidos que presuntamente inventaron Internet, poder obtener información y conseguir casi todo y de cualquier parte del mundo es ya una realidad, solo nos faltaría que inventaran una herramienta para que pudiéramos bajarnos olores o sabores desde nuestros ordenadores, tablets, smartphones o cualquier leche electrónica, todo se andará.

Es lógico que se nos escapen exóticas especias asiáticas, jugosas frutas tropicales caribeñas y mil y un sabores y texturas de cualquier rincón remoto al otro lado del mundo, pero ahora nos vamos a referir a un punto aquí al ladito, para ser justos a apenas una hora en utilitario –y con conducción de octogenario- desde la capital del Principado, nos referimos a la bonita localidad asturiana de Tineo y a su Chosco.

Con un entorno natural privilegiado, el concejo tinetense es la cuna de uno de los productos de mayor tradición e historia de la densa y sabrosísima gastronomía astur, el Chosco. Un delicioso embutido que apenas ha tenido repercusión en los mercados fuera de la región. Este es un producto con marcada raigambre popular, ligado a la historia del pueblo y a las necesidades que antiguamente se tenían para la conservación de los alimentos. Era –y es- un plato de fiestas y celebraciones, en tiempos formando parte de dotes y de pagos. Se elabora con carne de cerdo, en la acepción más general de la palabra, siendo una receta eminentemente familiar, presenta sus peculiaridades según la zona en que se elabora. Generalmente se trata carnes de cabecero de lomo –en su mayor parte- y lengua –aunque no es muy raro utilizar también cogote o papada- que bien troceado o en piezas grandes se adoba en sal, pimentón y ajo de las que toma buen sabor durante unos cinco días y es embutido en el ciego del cerdo –la primera parte del intestino grueso- que le da su característica forma ovalada e irregular. Una vez embuchado, se ata y se ahuma con la fumata de madera de roble, muy presente en los bosques autóctonos. En la antigüedad y con el fin de ahorrar estas nobles maderas, también se realizaba con hogueras de arbustos como los tojos, también muy presentes en estas tierras. Este proceso dura unas dos semanas, siendo más intenso al principio para que las piezas pierdan más rápidamente la humedad, característica de estas latitudes.

Chosco envasado al vacío

Chosco envasado al vacío

El chosco, puede disfrutarse directamente sin ninguna preparación adicional, simplemente loncheado, o bien cocido o hervido en agua o caldo –sobre todo las piezas que estén menos curadas. Cuidado al cocinarlo ya que con el calor puede reventar si no se pincha con anterioridad-. Nosotros lo recomendamos de cualquier forma, pero para evitarnos quebraderos de cabeza, paginar el ovalado manjar con un buen cuchillo, regar con un chorrito de aceite de oliva virgen extra y a chuparse los dedos. Pero no os fieis que aun así hay que tener muchísimo cuidado… crea adicción.

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